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Historias de Wood Pine: El chico (Iris Miller #1,5)

HISTORIAS DE WOOD PINE: EL CHICO

IRIS MILLER #1.5

AUDREY DRY

 

Me tumbé en la cama, cansado después de un largo día. El entrenador me había dado una paliza. No literalmente, claro. Había aprovechado el fin de semana antes de clase para exprimir todas las energías que habíamos acumulado durante todo el verano. Me había acostumbrado a jugar con mis amigos, a salir a correr por las mañanas o a ir en bici, y a estar relajado o disfrutando del sol el resto del día. Ahora tenía agujetas por todo el cuerpo, y me dolía el tobillo izquierdo y el hombro derecho a causa de una caída. O mejor dicho a causa de haber aguantado el peso de Clive cayendo sobre mí. Estaba molido, parecía que me habían metido en una trituradora.

—¿Has cenado, Peter? —me preguntó mi madre desde el salón, cuando hubo cerrado la puerta principal al entrar.

—Sí —le respondí desde mi cuarto.

Me dejé caer sobre la cama. Ni siquiera me molesté en quitar el edredón y apartar las sábanas. Tampoco en quitarme la ropa. Simplemente quería estar tumbado boca arriba, con los brazos extendidos y los ojos cerrados.

—¡Peter! —exclamó mi madre al verme desde el umbral de la puerta, camino de su habitación—. Quítate los zapatos al menos. Vas a mancharlo todo.

Empujé con la puntera de un pie el zapato del pie contrario hasta que salió. Luego repetí la acción al revés. Los zapatos cayeron con un ruido seco en el suelo.

—Vago —me regañó mi madre desde el mismo lugar, con una sonrisa que intentaba ocultar. Luego continuó su recorrido hacia su habitación.

Había vuelto de trabajar y su rutina me decía que ahora le tocaba una ducha de agua caliente, una buena cena y dormir hasta el día siguiente. Mi madre era una de esas mujeres alegres que simplemente sonreían porque estaban felices de vivir. Sonreía por la mañana, por la tarde y por la noche. Su expresión era amable hasta cuando yo hacía alguna de mis trastadas. Era raro verla enfadada por algo o con un gesto hosco. No la culpaba, había tenido una vida difícil y ahora se sentía liberada.

Eché la vista atrás, y viajé entre mis recuerdos hasta aquella época en la que mi madre era una persona triste y sin ganas de vivir. Mi padre aún vivía con nosotros y nos amargaba la existencia por minutos. No vivíamos en Wood Pine todavía, eso vino después, cuando mi madre se cansó de que me empujara y me pegara por cualquier tontería, de sus borracheras, de su acoso continuo y solo Dios sabe qué más. Era un borracho maltratador. Se gastaba el dinero en alcohol y sexo, para luego llegar a casa y pedirle más dinero y más sexo a mi madre, castigándome a mí en el proceso con golpes por no tener más de lo primero.

—Tú eres el culpable de que no tenga más dinero —me acusaba—. Si no tuviera que alimentar tu boca, tendría dinero para lo que me diera la gana.

Después de aquello me zarandeaba o me empujaba contra la pared. A veces vendía mis juguetes para conseguir dinero. Otras veces eran las joyas de mi madre. Recordaba el día en el que vino más sobrio de lo normal, algo extraño en él. Después de ensañarse con mi madre, me tocó soportar varios golpes. Pero tuvo la mala suerte de que caí mal, bastante mal, y me golpeé la cabeza con el filo de la mesa. Me quedé inconsciente. Mi madre me llevó al hospital y allí se dieron cuenta por los moratones y heridas de anteriores veces de que no podía seguir en aquella casa. Mi madre y yo nos fuimos a un hogar de acogida para madres y niños maltratados mientras se divorciaban. Luego nos mudamos y mi madre se cambió el apellido de casada por Hoult, que fue el apellido de soltera de su abuela. Cuando llegamos a Wood Pine todo cambió. Mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Mi madre era una mujer renovada, la casa era preciosa, yo tenía nuevos amigos que no me preguntaban por los gritos de mi madre y por las borracheras e infidelidades de mi padre. Todo comenzó de cero. Por eso me alegraba ver a mi madre sonreír y vivir la vida con una felicidad plena, ya la había visto llorar suficiente.

Cerré los ojos y me relajé. El agua de la ducha se escuchaba a lo lejos caer y creaba una atmósfera de relajación maravillosa. Sí, era verdad, ambos llevábamos una vida tranquila. Vivíamos cómodos el uno con el otro, cuidábamos el uno del otro. Ella era feliz en su trabajo y nunca la había vuelto a ver con ningún otro hombre. Yo era feliz con mi vida… Bueno, no exactamente. Las cosas se habían complicado un poco desde el año anterior. Concretamente el día en el que vi a Iris por primera vez. Supe que iba a ser un problema en cuanto vi aquella cabellera roja junto a la casa del abuelo de Joe. Desde que me miró con aquello ojos llenos de curiosidad y desconfianza.

Iris había calado en mí de una forma incontrolable. Sin embargo, había dos motivos por los que no había sido capaz de dar el primer paso e invitarla al cine o a cenar. Uno había sido Joe. Cuando los vi a ambos hablando en el pasillo, supe que Cowell estaba interesado en ella. Nunca se mostraba tan amable con una chica que no le interesara, y tampoco hubo duda alguna cuando se unió al grupo después de aquello y nos dijo que se llamaba Iris y que parecía una chica amable. Ninguno opinó nada, la herida de Fredd aún estaba abierta, pero como la pérdida había sido mayor para Joe, nadie hizo ningún comentario al respecto y lo dejamos correr a pesar de que la gran mayoría no quería que la taquilla de nuestro amigo estuviera ocupada.

El segundo motivo había sido…

Suspiré. Miré al techo. En realidad no tenía ningún motivo para no acercarme ahora. Joe se había marchado y había dejado el camino libre. Iris parecía incluso aliviada. Se la veía feliz, aunque un poco cansada. La había visto varias veces en la playa con Susan y no había podido apartar la mirada de ella. Parecía un imán para mis pupilas. Aquel verano había estado a punto de dar el paso, cuando un día la vi en el paseo, apoyada en la barandilla, mirando la puesta de sol mientras tomaba un helado. Estaba sola y el sol hacía que su larga melena brillara como el mar. Parecía una sirena. No fui capaz, mis pies se quedaron a medio camino, era como una mezcla extraña entre no poder hacerlo y no querer interrumpir aquella preciosa imagen. Así que opté por sentarme en la terraza de una cafetería y pedir un batido helado mientras me deleitaba observándola.

Fui un cobarde y sigo siéndolo. Nunca me había faltado valor para pedirle a las chicas salir, pero con ella todo era diferente. Aún recordaba cuando le dije que era un veneno en un frasco pequeño. Me encantaba esa proximidad, esos juegos de palabras que teníamos. Adoré cuando me quitó los tapones de las válvulas de las ruedas de la bici. Eso me llegó al corazón. Me había dedicado a molestarla durante todo el curso académico porque no sabía cómo acercarme a ella, aquella manera era la única que se me ocurría.

Y de todas formas estaba Joe.

Pero ya no. ¿Cómo iba a acercarme después de haberle buscado las cosquillas durante nueve meses? Probablemente me mandaría a la mierda si la invitaba a tomar un café.

El grifo de la ducha se cerró. Escuché los movimientos de mi madre por la casa. Sentir que se movía de un lugar a otro me relajaba. El sol ya se había ocultado fuera y era más de noche que de día. Algunas estrellas ya se dejaban ver a pesar de que los últimos rayos de luz indirecta del sol no se habían perdido en el horizonte. Me encantaba la noche porque podía ver las estrellas y la luna a través de mi telescopio. Me gustaba sentarme junto a la ventana y enfocar lo imposible. Siempre leía algún libro que me guiara hasta alguna estrella fácil de ver o hacia algún mar de la Luna. Me imaginaba a mí mismo enseñándoselo a Iris porque me gustaba la idea de mostrarle como era yo en realidad. No quería que pensara que era un capullo engreído, o al menos no quería que lo pensara durante toda la vida.

Ya faltaba menos para que fuera completamente de noche. Me incorporé en la cama y encendí la luz de la mesilla. Fue un error. Si algo odiaba de la noche era que los reflejos en los objetos aumentaban cuando el sol se ocultaba. Allí estaba él. Quieto y en silencio. Iba vestido como de costumbre a pesar de que había envejecido a lo largo de los años. No podía verle el rostro con exactitud, pero sabía que era él. Mi padre. El hombre que me había atormentado durante parte de mi infancia, y ahora estaba muerto para el mundo. Excepto para mí. Para mí seguía vivo. O casi vivo. Había fallecido a principios del  verano. Ni mi madre ni yo habíamos ido a recoger sus restos, nos daba igual lo que hicieran con él. Pero el muy capullo había conseguido dar conmigo y ahora me atormentaba.

Si no me hubiera golpeado la cabeza cuando era un niño, esto no estaría ocurriendo ahora. La ironía era que aquel golpe fue por su culpa. Cuando desperté en el hospital todo marchaba bien. Días después comencé a ver cosas extrañas. Se lo dije a mi madre, me hicieron una revisión y no presentaba ningún daño. Así que nunca volví a quejarme. Los fantasmas existían, eso me había quedado claro. A veces te visitaban: si tenías suerte, no los veías; si no tenías suerte, podías apreciarlos bien por el rabillo del ojo o bien en los reflejos o bien de una forma clara y concisa. De esta última manera los veía yo. No los vea del todo definido, sino más bien como una sombra sin forma, como si estuvieran al otro lado de un cristal esmerilado. Pero allí estaba. Y este comenzaba a resultarme verdaderamente molesto. Ya había soportado parte de mi infancia con él y no pensaba soportar el resto de mi vida con él a mi lado.

Ese era el segundo motivo por el que no podía acercarme a Iris. El primer día, cuando ella abrió la antigua taquilla de Fredd se quedó mirando al infinito, hacia un lugar que nadie más alcanzaba, como si pudiera verlo. Sabía que Fredd estaba allí porque lo pude ver. Aun deforme y borroso su rostro me pareció inconfundible. Al principio no creí que fuera posible, Iris no podía estar viendo aquello. Así que la observe durante algunos días. ¿Y si había alguien igual que yo? ¿Y si existía alguien capaz de ver más allá? ¿No sería increíble poder compartir esas cosas con alguien con quien llegara a entenderme?

No estuve seguro de quién era Iris hasta el día de la fiesta, cuando todo comenzó a saltar por los aires. Había una sombra junto a la piscina, aunque no pude discernir lo que era. También había dos fantasmas, me pareció que era un hombre y una mujer. E Iris pudo verlos. Sí, pudo verlos.

Fue entonces cuando decidí que quería estar junto a ella. No solo era preciosa y me gustaba, sino que poseía una parte igual a la mía. Ahora Joe se había marchado, la había dejado. Aún no entendía cómo podía haber hecho algo así con una persona tan especial como ella, tan mágica.

A pesar de todo se fue. El fantasma de mi padre, en cambio, se negaba a marcharse. Cerré los ojos.

—¿Por qué no te largas? —dije, enfadado y a sabiendas de que no me respondería. Ninguno lo hacía. Ya había intentado hablar con ellos, pero sus voces no me llegaban—. Iris —dije en un susurro casi inaudible—. Mi Iris, ojalá todo fuera más fácil. Ojalá pudiéramos ayudarnos. Ojalá pudieras ayudarme.

Cuando abrí los ojos, mi padre no estaba por ninguna parte. Bien. Genial. Se había marchado. Siempre me sentía aliviado cuando ocurría e inquieto porque sabía que pronto volvería a atormentarme. No podía seguir viviendo así, llevaba tres meses soportando aquello y comenzaba a ser insostenible.

Me incorporé y me senté frente al escritorio. Abrí el libro que me estaba leyendo por la página que tenía la esquina doblada, pero mis ojos viajaron hasta cierta pelota de tenis firmada por aquella chica que me llevaba por la calle de la amargura. La cogí y miré su firma, aún intacta. Sonreí al pasar el pulgar por encima, acariciando su nombre. Había guardado aquella pelota de tenis como el que guardaba un tesoro. Me la llevé a la frente, apoyando los codos sobre el escritorio y me dejé llevar por los sentimientos.

¿Por qué no?, pensé. Quizá ya iba siendo hora de dar el primer paso.

 

FIN

 

Historias de Wood Pine: El chico © 2018 Audrey Dry
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5 thoughts on “Historias de Wood Pine: El chico (Iris Miller #1,5)

  1. Peter y Iris comparten la misma habilidad para ver cosas que están fuera del alcance de los demás!! Ni me lo imaginaba, está introducción de personajes si cabe, le va a dar más peso todavía al libro, muy bueno Audrey!! 😃
    Yo ya estoy enganchada y ahora mucho más!! 😉
    Enhorabuena!!

  2. Qué bien conocer más a Peter! Acaba de cambiar mi forma de pensar sobre él, me parecía “odioso” y veo que era por sus miedos derivados de falta de madurez. En este pequeño relato se nota que ha evolucionado durante el transcurso del primer libro y este tiempo después. Con ganas de leer el siguiente!

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